Luchar por la vida, pero en serio – Por Jaime Galaz Guzman

Por Jaime Galaz Guzman*

El día de ayer, 14 de Noviembre de 2018, fue asesinado por Carabineros, por la espalda, el comunero mapuche Camilo Catrillanca. Camilo iba en su tractor y fue asesinado por las fuerzas policiales. El General Director de Carabineros entregó una versión falsa: que la muerte se había producido en un enfrentamiento y que Camilo había robado un vehículo. Hoy ha quedado establecido que esto no es real y que fue asesinado un inocente.

Como cristianos es necesario que luchemos por la vida, pero en serio, más allá del limitado concepto de vida dentro del vientre. Como supuestos seguidores del ejemplo de Cristo, nuestra obligación es luchar por la dignidad de las personas en su totalidad. La dignidad de los mapuches y los llamados pueblos originarios es parte, también, de esa lucha. La defensa de los desposeídos es crucial en el quehacer cristiano y en el ministerio de Jesús.

¿Por qué se considera excluidos y desposeídos a los mapuche? Los mapuche han sido, desde la mal llamada pacificación de la Araucanía, víctimas de un tenaz y sostenido saqueo de sus tierras ancestrales, del intento de demolición de su cultura milenaria, la supresión de su lenguaje, de su derecho a la autodeterminación y de la discriminación arbitraria. Sumado a esto, durante los gobiernos de la post dictadura se ha intensificado contra ellos la violencia estructural del Estado, manifestada en la militarización de la región, la cual ha cobrado vidas en distintos lugares del Walmapu. Hoy, los victimarios son el Comando Jungla de Carabineros y la víctima, un joven de 24 años, Camilo Catrillante. Tal como Matías Catrileo y otros, asesinado por el accionar de Carabineros, funcionarios del Estado de Chile.

Esta violencia estructural es grave, no sólo por las víctimas fatales e intensificar la discriminación hacia el pueblo mapuche, sino que por su transgresión al Estado de Derecho y la legislación vigente en Chile, puesto que nuestro país ha suscrito en 2008 el Convenio 168 de la OIT, que reconoce a los pueblos originarios como naciones con derecho a la autodeterminación, lo que Chile no ha respetado y eso se evidencia en el accionar policial que busca “pacificar” la región, lo cual es una mentira contumaz: no hay paz posible con militarización, la paz es posible con criterios de justicia.Para pensar en criterios de justicia, debemos saber cuál es el conflicto del Estado chileno con los mapuche y sus dimensiones.

El territorio mapuche se extendía, como una nación soberana, desde Chile hasta el Atlántico en Argentina: una extensión de tierra enorme, usurpada por los Estados de Chile y Argentina a punta de sangre y fuego, en un desatado intento de exterminio del pueblo mapuche. Luego vino la colonización de la mal llamada Araucanía: migrantes amparados por los gobiernos de Chile haciéndose dueños de tierras ancestrales, engañando y corriendo cercos para reducir al pueblo mapuche a una extensión territorial mínima y marginal, organizando las llamadas “cazas de indios”, matando y diezmando a un pueblo y una cultura. La soberbia eurocentrica de Chile en su máxima expresión. La dimensión del conflicto es claramente política y, también, territorial: el Estado de Chile debe reconocer políticamente la autodeterminación mapuche y entregar una solución política al mismo: la devolución del territorio a sus dueños ancestrales, quienes lo perdieron a manos de latifundistas en complicidad con el Estado.

La solución a este conflicto no es un comando de Carabineros armado para la guerra y dispuesto a matar comuneros inocentes en acciones ajenas al Estado de Derecho. La solución es la voluntad política de reconocer la violencia del Estado hacia ese pueblo, pedir perdón y comenzar un proceso de traspaso de tierras efectivo, además de un reconocimiento político, institucional y legal de la autodeterminación mapuche, además de exaltar su cultura y cosmovisión a nivel de Estado (como lo hace, por ejemplo, Nueva Zelanda con los Maorí). Es un deber cristiano pelear por esta solución pacífica, que restituya al pueblo mapuche y que entregue la dignidad arrebatada por el Estado a los mismos. Si se dice luchar por la vida, hay que luchar por la de aquellos que la ven amenazada todos los días por policías irresponsables que creen estar en una guerra y un Estado que está dispuesto a amparar la criminalidad contra una porción de su pueblo.

Una postura basada en el Evangelio de Cristo debe ser una que luche por la restitución de las tierras a los mapuches, por su autodeterminación, por derechos políticos claros y, sobre todo, porque impere la justicia y la vida, no una militarización exagerada, amparada por el Estado y, sobre todo, criminal. Es nuestro deber cristiano pelear por la vida de manera seria.

* Por Jaime Galaz Guzmán, Administrador Público-Universidad de Chile; Estudiante de Magíster en Ciencia Política, INAP, Universidad de Chile

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